El rol de los liderazgos

03/Ene/2012

El País, Pablo Da Silveira

El rol de los liderazgos

3-1-2011
Editorial Pablo Da Silveira
Yitzhak Rabin fue un militar y político que se enfrentó con dureza a los árabes en general y a los palestinos en particular. Durante décadas fue visto como el «hombre duro» del Partido Laborista israelí. Tanto en el rol de ministro de defensa como en el de primer ministro, no dudó en usar la fuerza cuando lo creyó necesario. En 1976 ordenó una osada operación militar para rescatar un avión que había sido secuestrado por un comando palestino. También usó la mano dura a fines de los años ochenta, para frenar las primeras manifestaciones de la Intifada.
Pero, cuando en 1992 Rabin volvió a ocupar el puesto de primer ministro, empleó todo su talento y energía para buscar un entendimiento. De allí surgieron los acuerdos de Oslo, que hicieron posible la existencia de la Autoridad Nacional Palestina. El célebre apretón de manos entre Rabin y Yasser Arafat (dos enemigos de siempre) trajo esperanzas al mundo y les valió a ambos el Premio Nobel de la Paz. Tristemente, también condujo al asesinato de Rabin a manos de un fanático en 1995.
Una historia similar y más conocida es la de Nelson Mandela. Desde principios de los años sesenta, Mandela se sirvió de todos los medios a su alcance, incluidas las armas, para combatir a la minoría blanca que había impuesto el apartheid en Sudáfrica. Sus acciones le costaron la vida a un buen número de víctimas civiles. En el año 1962 Mandela fue arrestado y condenado tras un juicio sin garantías. Terminaría pasando más de un cuarto de siglo en prisión, bajo el hostigamiento de sus carceleros blancos.
Pero, cuando finalmente fue liberado en 1990, y luego electo presidente en 1994, sus decisiones no se orientaron a prolongar el conflicto ni a cobrar cuentas viejas. Todo lo contrario: su preocupación central estuvo en construir condiciones de convivencia entre los sudafricanos. El modo en que apeló al equipo nacional de rugby (un emblema de la vieja supremacía blanca) para impulsar su estrategia se ha convertido en un clásico.
Ni Rabin ni Mandela renunciaron a su pasado, pero los dos supieron que el momento exigía nuevos cursos de acción. Concretar ese giro no era fácil, porque corrían el riesgo de defraudar a sus seguidores de siempre sin generar confianza en sus viejos adversarios. Si alguno de los dos hubiera sido la clase de político que se limita a obedecer las encuestas, no hubieran hecho lo que hicieron. Pero ambos sabían que el verdadero liderazgo exige a veces intentar cambiar el mapa político, y en eso invirtieron todo su prestigio y toda su capacidad de influencia.
El presidente Mujica enfrenta hoy una situación similar. Nuestra educación pública se está hundiendo en una crisis terminal, y con ella está en crisis el principal mecanismo de justicia social y construcción de ciudadanía que nos hemos dado. La cultura tradicional de nuestra izquierda, contaminada de corporativismo y cargada de ideas que se están revelando equivocadas, no puede proporcionar soluciones. Mujica debe elegir entonces entre poner todo su capital personal al servicio de un gran cambio cultural, o someterse a las inercias políticas y los intereses creados.
Según cuál sea el rumbo que tome, sabremos si su liderazgo es de los grandes o de los pequeños. Según cuál sea ese rumbo, les devolverá horizontes a muchos uruguayos o les habrá confiscado el futuro. Y el momento de averiguarlo es este verano.